lunes, 13 de julio de 2015

La compra


Hacer la compra cambia tu vida. Mucho más que casarse, encontrar un trabajo, o tener un hijo. Comprar comida se supone un compendio de elecciones que pueden influir en el futuro de tu cuerpo. Nadie se ha parado a pensar en ello: la elección de una marca u otra de caldo envasado marca tus niveles de sodio en sangre, lo que influirá en tu tensión, lo que conlleva a una pastilla más o una menos en la vejez.
Arturo, como el resto de las personas (a excepción de los veganos y snobs de la comida orgánica, que lo hacen por razones puramente ideológicas los primeros, y de moda los segundos, no fruto de una reflexión acerca de su salud venidera), no pensaba en las mínimas repercusiones y enfermedades potenciales que un aditivo de más produciría en su aún por llegar cuerpo flácido y enfermo. Él compraba por instinto de supervivencia, como todo ser humano que evolutivamente ha sustituido la lanza por el carrito del supermercado; pero esa anodina actividad de recoger, pagar e ingerir, iba a cambiarle la vida, no de la manera en que nos la cambia a ti o a mí, a largo plazo, sino  en el preciso momento del intercambio de bienes por papel o metal. Su salud no se resentiría en un futuro debido a los precocinados con aditivos salvajes, estabilizantes y conservantes tóxicos, no sufriría el deterioro anual, imperceptible diariamente, pero dolorosamente consciente al mirar imágenes de uno mismo, tanto pasadas como presentes. Sus niveles de testosterona no decaerían, ni su tensión aumentaría, no protagonizaría el porcentaje de varones con riesgo de infarto, su visión no empeoraría ni su cabello se volvería más fino hasta desaparecer. No caminaría cada vez más despacio ni dejaría de poder agacharse definitivamente debido a unas articulaciones rígidas e inflamadas, sus manos no temblarían involuntariamente ni su voz se transformaría en una caricatura gangosa de lo que fue. Arturo no se convertiría en un bulto molesto para la sociedad que sólo causa gastos de sanidad y pensiones, no iba a deformarse hasta el punto de inspirar rechazo en ancianos en potencia que ingenuamente piensan que su juventud durará eternamente. La vida de Arturo no iba a esperar a cambiar en el futuro, sino en el ignorado presente.
Tras un aprehendido recorrido por todos y cada uno de los pasillos del vasto, aséptico y con ínfulas de acogedor hipermercado (incluso aquellos rincones por los que no era necesario pasar, como los de comida animal o higiene femenina, pero recorrer el espacio al completo era un ritual que no podía saltarse, o algo saldría mal), Arturo se acercó al desvío de caminos que suponen las colas de caja. Él se tomaba muy en serio esta parte, pues de la elección de la fila dependería cenar a su hora o media hora más tarde. Tras observar y analizar la velocidad producto/hora de cada caja, se decantó por la línea discontinua de caras vacías más alejada de la puerta de salida, la número doce.
Mientras esperaba su turno, no podía dejar de pensar en la sensación de alienación que le producía aquello. Todas aquellas personas esperaban pacientemente, una detrás de otra, ordenadas por una regla no escrita de educación social, todas con la misma cara, con la misma mirada vacía, con la misma horizontalidad descendente de sus comisuras, el mismo hastío vital, la misma rutina que carcome sin avisar; todas comprando alimentos para sobrevivir, para continuar con sus días clónicos que no les gustan, pero que son demasiados perezosas para cambiar.
Avanzaban lentamente como en un desfile de muertos vivientes, mientras la cajera, más parecida a un autómata que a un ser humano, pasaba sucedáneos de alimentos, química comestible y productos necesariamente inservibles, componiendo una sintonía de pitidos gemelos más elaborados que la música ambiental que escupían los altavoces.
Pip, edulcorante; pip, emulgente E-472; pip, obesidad; pip, aceite parcialmente hidrogenado; pip, ácido ascórbico; pip, cáncer.
A Arturo le llegó el turno tras una pareja a punto de romper: él desayunaba café, ella cacao soluble. Comenzó la mudanza de ítems en un orden estudiado según refrigeración, peso y tamaño. Mientras la cajera-robot iba marcando el valor económico subjetivo de su compra, Arturo no pudo evitar observar las cebollas. Algo tan simple, numeroso, barato, pero a la vez básico y versátil como este alimento le hizo retrotraerse a una frase que siempre le decía alguien que ahora constituía un sentimiento artificial.
- Las cebollas dulces no pueden ser saladas – decía. – Es incompatible que algo dulce pueda ser salado a la vez. Puede ser ácido, picante, incluso agrio, pero nunca salado.
Ese ente que una vez tuvo una corporeidad muy valiosa para Arturo tenía una extraña obsesión con las cebollas. Le fascinaban sus capas, sus aros, la sorpresa al partirla en dos. – Las cebollas dulces no pueden ser saladas– volvió a recordar Arturo, pero en una ocasión, una de las últimas veces antes de que ella se convirtiera en frases sueltas y recuerdos de supermercado, se produjo la excepción a la afirmación acerca de las cebollas dulces. Aquel vegetal fue una anormalidad,  y no por capricho de su semántica genética, ni por una mutación provocada, sino porque su dueña y ejecutora no tenía ningún pañuelo a mano. En cuanto su cuchillo atravesó todas las capas hasta llegar al núcleo, unos vapores (que bien podrían ser internos), comenzaron a invadir y a nublar la vista de la cocinera, que suspiró en un intento de expulsar por la nariz el picor que intoxicaba su cabeza. Una lágrima recorrió la mitad amputada de la cebolla, que de dulce pasó a salada, y de esta manera parecía apenarse por el corazón de esa mujer que se drenaba los ojos, y que seguramente no fuera ni dulce ni salado, sino amargo.
Una pregunta enunciada de corrido por vez número mil doscientos cincuenta y tres en ese día sacó a Arturo de sus pensamientos. Con movimientos involuntarios sacó su tarjeta de la cartera y el intercambio de bienes por dinero se hizo efectivo justo en el momento en el que Arturo se percató de que su ensimismamiento le había impedido guardar toda su compra.
Cometió además el error de mirar la larga fila de zombis pasivos que esperaban su turno. Normalmente la espera sucede de forma pacífica, salvo en casos de cajeras nuevas, ancianas miopes con gran cantidad de monedas u hombres que se quedan ensimismados pensando en cebollas. A Arturo no le apetecía nada contribuir al aumento del estrés y el empeoramiento de las úlceras y depresiones de las personas que le seguían, por lo que intentó guardar su compra rápidamente.
Sin embargo, nada a su alrededor parecía ser favorable a su empeño. Las escasas bolsas que había a su disposición parecían indivisibles al tacto humano, y por más que se frotara y se buscara la apertura, la electricidad estática que mantenía unido el plástico se resistía a ser vencida.
Por su parte, y en un gesto desconsiderado fruto de una impaciencia silenciosa, la cajera-robot comenzó a tocar la sintonía de los pitidos, dedicada esta vez al cliente que iba justo detrás de Arturo, por lo que éste vio cómo montones de productos iban amontonándose en una mezcla de sabores programados para causar abstinencia. Por mucho que aumentara la velocidad, la cajera iba el doble de rápido (una máquina es siempre más eficaz que un humano), y llegó un momento en el que Arturo comenzó a mezclar los productos refrigerados con los secos, y el pan de molde con pesadas botellas de vidrio.
Una gota de sudor comenzó a recorrerle la sien. Le hacía cosquillas, pero no podía parar para rascarse o secársela, ya que los segundos empleados en ello prefería invertirlos en colocar la leche en la base del carro, pues es lo más pesado. Un desfile de comestibles pasaba de su mano a la bolsa, y de la bolsa de nuevo al carro de la compra, pero a cada bolsa que llenaba, los artículos se multiplicaban, como si la cinta transportadora de la caja hubiera obrado un milagro católico.
La carrera por recolocar productos no estaba reñida en absoluto, puesto que la persona que había esperado en silencio detrás de él acababa de pagar, por lo que, a pesar de que entró más tarde al supermercado, tardó más en recoger los alimentos que consumiría con desconocimiento y eligió al azar la fila de personas (azar que lo colocó justo detrás de Arturo), llegaría antes a su casa y disfrutaría inconscientemente de su compra mientras veía un programa en televisión con efecto detergente para el cerebro. La persona que le sucedía en la fila guardó su compra grácilmente en la bolsa y marchó, no sin antes llenar durante un momento su mirada vacía con una autosuficiencia destinada a minar el empeño de Arturo por recoger lo más rápido posible.
Esta ofensa tensó sus músculos del cuello, lo que hizo que le doliera e impidiera la eficacia pretendida a la hora de llevar a cabo lo que estaba haciendo. Sentía las miradas de la cola que no paraba de crecer sobre él, presionándole, instándole a ir más rápido, preguntándole qué tipo de problema motor padecía para no ser capaz de realizar una actividad tan simple como guardar la compra. El pitido comenzó a sonar de nuevo, y cada vez que éste sonaba, Arturo lo sentía como una recriminación por su tardanza, como una sintonía burlona que rimaba con su incapacidad. Sus arterias se endurecían por la tensión, y formaban surcos palpitantes perfectamente definidos en su frente y cuello. Sus manos se convirtieron en papel mojado, deshechas, incapaces de agarrar nada de forma correcta. La coordinación le abandonaba, los temblores se instalaban, la respiración actuaba con la rapidez que sus brazos no lograban… y el pitido paró.
Arturo levantó la cabeza y observó cómo el tiempo se dividía en fotogramas y la persona que-iba-detrás-del-que-iba-detrás de él introducía la mano en su cartera para pagar. Dos. Ya iban dos por delante de él.
Y de repente, una nebulosa se instaló en su mirada y todo se aceleró. Un calor nacido del estómago de Arturo comenzó una ascensión imparable por su esófago, hasta llegar a su garganta y a partir de ahí expandirse por todo su cuerpo  como una metástasis iracunda. Sus movimientos dejaron de ser torpes y lentos para actuar de un modo eficaz y certero.
Cogió una de las botellas de vidrio de zumo de arándonos rojos (ocho por ciento de zumo mezclado con agua y azúcar: a Arturo le hubiera esperado una vejez diabética de no ser por el incidente que estaba a punto de ocurrir)  y la golpeó con fuerza contra el borde de la caja, rompiéndola y agarrando un trozo de vidrio punzante que rebosaba líquido rojo. Se dirigió a la cajera-robot y tomó sus manos con fuerza, rajando sus muñecas con el vidrio para evitar que ésta siguiera pasando alimentos. De las muñecas brotó sangre en lugar de aceite, lo que demostró que era un ser humano reprogramado como máquina.
Nadie gritó, pues todos miraban sin mirar, ya que su concentración apuntaba a oficinas, hijos, facturas y problemas sexuales. Nadie excepto la persona que-iba-detrás-del-que-iba-detrás de Arturo, que observaba con horror los códigos de barra supurantes que estaban marcados con vidrio en las muñecas de la empleada. Cuando dirigió su atención al origen de aquello, un brillo le cegó el tiempo suficiente como para no ver cómo el mismo objeto que le había cortado las muñecas a la cajera estaba haciendo lo mismo en su cuello. Tras emitir un gorjeo de auxilio, cayó sobre el suelo brillante del hipermercado.
Arturo observaba satisfecho la situación cuando cayó en la cuenta de que había vuelto a perder. Aquella persona había sido más rápida que él, su muerte había sido fulminante  y veloz, pero él no iba a permitir que le ganaran de nuevo. Sería más eficiente que su víctima, aunque fuera en morir. Miró su mano, que seguía sosteniendo el letal vidrio que una vez contuvo azúcar, y se lo acercó al cuello. Un dolor agudo e intenso recorrió su garganta, y un sabor metálico invadió su boca. Cayó al suelo, adormecido y mareado por la pérdida continua de sangre, y mientras el zumo de arándanos se mezclaba con la sangre, adoptando un tono similar al Pantone 186 C, Arturo se preguntó qué había podido pasar para llegar a esa situación. Un pensamiento cruzó su cabeza justo antes de que llamaran por megafonía al servicio de limpieza para limpiar la caja doce:
-- He olvidado pasar por el pasillo de menaje. Por eso todo ha salido mal.

miércoles, 25 de febrero de 2015

El primer guionista de la historia fue una mujer

Corría la década de 1910 y el cine tenía unos quince años de vida. Meliès había comenzado a investigar la ciencia ficción con su Viaje a la luna (1902), se había descubierto el primer plano, y el montaje aparecía tímidamente en Life of an American fireman (1903) de Porter. Hollywood empezaba a nacer como la meca del cine debido a las caras patentes de Edison, que obligaban a los cineastas a huir a la lejana California para poder rodar sin rendir cuentas abusivas.

Todo esto es, en más o menos medida, de sobra conocido.

Lo que no se dice es que Hollywood fue construido por mujeres.

Antes de que el cine fuese considerado un arte respetable era visto como una diversión para la clase obrera, por lo que no se veía con buenos ojos trabajar en películas. De esta manera, Hollywood lo construyó gente que no era aceptada en ninguna otra profesión: inmigrantes, judíos y mujeres. Y es por ello que la mitad de las películas antes de 1925 fueron escritas por mujeres.

Antes de 1912 las películas consistían en acciones individuales, como por ejemplo El estornudo (1894) de Fred Ott. Pero entonces una secretaria de la productora de Léon Gaumont a la que dejaban "jugar" con los aparatos cinematográficos después del trabajo demuestra que sabe y que puede. Y lo hace muy bien. Tan bien que Alice Guy-Blaché se convierte en la primera directora y hasta ahora la única mujer propietaria de un estudio de cine y en la primera guionista, hombre o mujer, de la historia al crear tramas dramáticas por primera vez con su película La fée aux choux (1896), semanas antes de la incursión en el cine de George Meliès. Sus historias denotan una gran sensibilidad poética, prueba de ello es su película Falling Leaves (1913), en la que una niña oye al doctor decir que su hermana morirá antes de que caigan las hojas y sale afuera para intentar atarlas. Guy-Blaché además fue la primera en usar grabaciones con un gramófono al mismo tiempo que las imágenes y la productora de una de las primeras películas a color, la primera persona en utilizar efectos especiales, usar la doble exposición del negativo, las técnicas de retoque, la cámara lenta y rápida y el movimiento hacia atrás. Dirigió, produjo y supervisó más de 600 películas, que tocaban todos los géneros. Fue la primera persona que dirigió una película en la que todos los protagonistas eran negros (Un tonto y su dinero, 1912) y además jugó un papel clave en la producción de las primeras películas sonoras.
Alice Guy se trasladó a Estados Unidos, donde otras mujeres comenzaban a cambiar la forma de hacer cine.

Una de las directoras más innovadoras fue Lois Weber. Como ejemplo, su película Suspense (1913) (que protagoniza ella misma), en la que una mujer está en casa con su bebé, oye a un intruso, mira por la ventana, y la directora muestra lo que la mujer ve en un magnífico plano subjetivo ladeado, algo que no se había hecho hasta entonces. La mujer llama por teléfono a su marido y Weber divide la pantalla en tres para mostrar tres acciones a la vez (recordemos que estamos en 1913 y esto supone algo inédito hasta entonces). El marido coge un coche y va seguido por la policía, esto se muestra en un original plano del espejo retrovisor por el que se ve a la policía. La película se rodó años antes que El nacimiento de una nación (1915) o Intolerancia (1916), ambas del considerado como inventor del lenguaje cinematográfico D.W. Griffith, aunque vemos que en Suspense de Weber hay atisbos de este lenguaje. Esta podría ser una razón para que injustamente esta película se atribuyera durante años a Griffith, un hombre.
En la figura del guión, aparte de Alice Guy, otras mujeres fueron pioneras. Frances Marion fue una figura aún más importante. Fue la guionista, hombre o mujer, mejor pagada de 1915 a 1935, y la única mujer que ha ganado dos Oscar como guionista, por The big house (1930), el primer drama carcelario en ser rodado, y The champ (1931), una película de boxeo. Esto demuestra que las historias no tienen género, que no por ser escritas por una mujer deben ser dirigidas sólo a mujeres o contar historias románticas. Mujeres como Frances y otras como Adela Rogers St. Johns, Bess Meredyth o Anita Loos eran la élite de los guionistas. A ellas recurrían Thalberg y Mayer (los dos principales productores de la época, directores de la Metro Goldwyn Mayer) cuando tenían grandes producciones.

Con las películas sonoras, el precio de los rodajes se disparó. Fue ahí cuando Wall Street entró en escena. Con la llegada del dinero se empezó a pagar mejor, el cine se vio como un negocio serio y los hombres coparon esos puestos. Y no sólo los puestos, sino la historia. Borraron a las pioneras, más interesadas en el arte, la investigación, y la innovación que en la riqueza y sus nombres rara vez se enseñan en las escuelas de cine. Los libros hablan de una historia sesgada y protagonizada por hombres, dejando en el olvido la imprescindible figura de muchas mujeres sin las que el cine tal y como lo conocemos ahora no existiría.
Esta discriminación continúa hoy en día, donde la mujer, el género que inventó la acción dramática en cine, supone sólo el 22% de los guionistas en Estados Unidos y el 19,7% en España. Por supuesto, con sueldos más bajos que los de sus compañeros varones.





(Las fuentes a las que he recurrido para poder contrastar mis conocimientos y así elaborar el post de manera fiel son: los comentarios de la historiadora Cari Beauchamp para The story of film: an odyssey, la web http://www.uhu.es/cine.educacion/cineyeducacion/figurasaliceguy.htm de Enrique Martínez-Salanova Sánchez y los porcentajes aportados por CIMA)

viernes, 23 de enero de 2015

Alegato ecologista de Victor Hugo

Los Miserables es una obra de Victor Hugo conocida no sólo por sus valores literarios, sino también por su denuncia de la miseria, la pobreza y la explotación, su reflexión sobre el bien y el mal y su defensa de la democracia, del poder del pueblo y de la igualdad de todos los hombres con un reparto justo de la riqueza.
A pesar de ser una novela del siglo XIX, los valores sobre los que reflexiona son totalmente contemporáneos y, lamentablemente, su denuncia es igual de necesaria y aplicable que entonces. Pero aparte de lo ya conocido, resulta curioso en su lectura descubrir un alegato ecologista en uno de sus capítulos finales, más sabiendo que en 1862 aún era pronto para saber las consecuencias para el medio ambiente de la Revolución Industrial y no existían problemas tan graves como actualmente.
En este extracto se observa cómo Victor Hugo, a modo de visionario, defiende la utilización de desechos para convertirlos en algo útil, un reciclaje del que incluso propone un mecanismo de funcionamiento, a la vez que critica la indiferencia de la sociedad por la contaminación y el gasto económico que ello conlleva.

La ciencia, tras haber andado a tientas mucho tiempo, sabe hoy que el abono que mejor fecunda y resulta más eficaz es el abono humano. (…) Una gran ciudad es la estercoladora más poderosa. Utilizar la ciudad para abonar la llanura sería un éxito seguro. Nuestro oro es estiércol, pero en cambio nuestro estiércol es oro. ¿Qué hacemos con ese estiércol de oro? Lo arrastramos hacia el abismo. (…) Si todo el abono humano y animal que desperdicia el mundo se lo devolviéramos a la tierra en vez de tirarlo al agua, bastaría para dar de comer al mundo. 
(…) Es todo el mundo muy dueño de desaprovechar esa riqueza y, además, muy dueño de pensar que digo ridiculeces. Será la obra maestra de su ignorancia.
Calculan las estadísticas que sólo Francia vierte e invierte todos los años en el Atlántico, por la desembocadura de sus ríos, un depósito de quinientos millones. Tomemos buena nota de lo siguiente: con esos quinientos millones podrían cubrirse las tres cuartas partes de los presupuestos del Estado. Los hombres son tan hábiles que prefieren quitarse de encima esos quinientos millones tirándolos al arroyo. (…) Cada uno de los hipidos de nuestra cloaca nos cuesta mil francos. Con dos resultados: la tierra empobrecida y el agua apestada. (…)
Un aparato de doble tubería, dotado de válvulas y de esclusas de limpieza, que aspirase y expulsase, un sistema de drenaje elemental, tan sencillo como los pulmones humanos, que funciona ya a pleno rendimiento en varias comunas inglesas, bastaría para traer a nuestras ciudades el agua pura de los campos y enviar a nuestros campos el agua enriquecida de nuestras ciudades; y ese fácil vaivén, el más sencillo del mundo, dejaría en casa los quinientos millones que tiramos fuera. Pero nadie piensa en eso.
(…) Cuando el drenaje, con su doble función, devolviendo lo que toma, haya sustituido en todas partes a las alcantarillas, que son un simple lavado empobrecedor, entonces, combinándolo con los datos de una economía social nueva, se multiplicará por diez el producto de la tierra y el problema de la miseria se verá atenuadísimo. (…) Entretanto, la riqueza pública se va al río e impera el despilfarro. Despilfarro es la palabra. Y así se arruina Europa, extenuada.
(…) Así es como, con la ceguera de una mala política económica, ahogan el bienestar común y dejan que se lo lleve la corriente y se pierda en los abismos.